domingo, mayo 31, 2026
La contemplación como forma de resistencia
viernes, febrero 20, 2026
Resistir en la hiperposmodernidad. Reflexión estoica sobre la lava de un volcán.
Caminar hacia Cuicuilco es ingresar a un espacio que no solo conserva piedras antiguas, sino una energía de autoexploración. Rodeado por edificios modernos, vialidades y el pulso acelerado de la ciudad, este oasis arqueológico coexiste como una grieta en el tiempo. Ahí, la modernidad se detiene un instante y permite escuchar algo más profundo: una herencia espiritual milenaria que, aunque sepultada, sigue latiendo bajo la superficie.
El contraste es inevitable. A un lado, el vidrio, el concreto y la lógica productiva; al otro, la pirámide circular, silenciosa, recordándonos que hubo formas de habitar el mundo menos ansiosas y más integradas al ritmo natural. En ese choque de paisajes reconocí mi propia vida: una existencia atravesada por la modernidad, pero sostenida por una búsqueda interior que se resiste a quedar enterrada bajo la superficialidad materialista.
Laozi escribió que “el sabio actúa sin forzar y enseña sin palabras”. En Cuicuilco, esa enseñanza se vuelve tangible. El sitio no impone un discurso; simplemente está. Su presencia invita a fluir, a aceptar los hechos tal como se presentan, sin etiquetarlos de inmediato como “buenos” o “malos”. La lava que cubrió la ciudad no fue una tragedia moral, sino un movimiento natural del mundo. El Tao se manifiesta en esa aceptación serena.
Epicteto, desde el estoicismo, dialoga con esta misma intuición cuando afirma que “no nos afecta lo que sucede, sino cómo lo interpretamos”. Frente a las ruinas, uno comprende que la verdadera libertad no está en controlar el entorno, sino en gobernar la propia mirada. Cuicuilco se convierte así en un centro energético: un espacio donde la mente se aquieta y la vida se observa sin prejuicio.
Estos momentos de peregrinaje son, en el fondo, actos de resistencia. Resistencia frente a la hipermodernidad que Gilles Lipovetsky conceptualiza: un tiempo de exceso, velocidad y consumo que diluye el sentido. Detenerse, caminar, contemplar y reflexionar es una forma de oponerse al vértigo. Es afirmar que, incluso en medio del ruido, aún podemos fluir con conciencia.
Cuicuilco no es solo un vestigio arqueológico; es un recordatorio de que la espiritualidad no desaparece, solo espera ser redescubierta. Y que, a veces, resistir es tan simple —y tan profundo— como volver a caminar en silencio.
ANEXO NEXT
Camina despacio, sin presiones, percibe el ambiente. Tiene algo de contemplación silenciosa, de pequeñez asumida sin derrota. Como Cuicuilco rodeado de edificios: no compite, permanece. Con ustedes Bon Iver.- Holocene
sábado, enero 24, 2026
La contemplación como constante, no como pausa
La contemplación como constante, no como pausa
Caminaba esta mañana, procuro hacerlo al amanecer, cuando el bullicio del despertar urbano me envuelve y la naturaleza resiste con los cantos de los pájaros y el correr de las ardillas y el aroma de los arboles. La frase clásica —vita contemplativa simpliciter melior est quam activa— suele interpretarse como una oposición entre dos modos de vida: hacer o contemplar. Sin embargo, leída desde la experiencia contemporánea, no propone una renuncia al hacer, sino una reivindicación del tiempo cualitativo. La vida contemplativa no es ocio pasivo ni retiro improductivo, sino una praxis de duración: un modo de habitar el tiempo que no se deja devorar por la urgencia productiva.
Contemplar no es detenerse; es habitar, es percibirnos desde otra dimensión empírica de nosotr@s mism@s.
Cuando contemplamos, no suspendemos el tiempo: lo transformamos. Byung-Chul Han explica que la sociedad contemporánea ha sustituido la duración por la aceleración, y la experiencia por el rendimiento. En ese contexto, la contemplación introduce una temporalidad distinta: un tiempo que no se consume, sino que ensancha el alma. Un tiempo que no se agota en la utilidad.
En un mundo que exige velocidad constante, contemplar se vuelve un acto político de resistencia silencioso. No es huida ni negación del trabajo, sino reapropiación del ritmo. Contemplar es decidir cómo mirar, cómo pensar, cómo existir, sin someter cada gesto a la lógica de la eficiencia.
Han describe nuestra época como una era de autoexplotación voluntaria, donde el sujeto se convierte en su propio vigilante. Frente a ello, la contemplación no confronta ni denuncia: desacelera. Introduce una grieta en el flujo continuo de la productividad, por donde entra otro tipo de sentido.
La contemplación no es solo mirar: es ver.
Yuval Noah Harari ha advertido que uno de los grandes desafíos del siglo XXI no es la falta de información, sino su exceso. En un entorno saturado de datos, la atención se vuelve el recurso más escaso. Contemplar, entonces, es un acto de soberanía interior: elegir dónde posar la mirada, qué merece tiempo, qué merece silencio.
La caminata al amanecer puede ser el hilo narrativo de esta experiencia. Ese momento en que la ciudad aún no despierta del todo, cuando el tiempo parece más lento, más propio. En ese umbral aparece la frase latina de Santo Tomas de Aquino como una epifanía: un recordatorio de que la vida no solo se ejecuta, también se contempla.
Harari ha insistido en la necesidad de cultivar prácticas de atención —como la meditación— para no quedar a merced de los algoritmos y las inercias del sistema. La caminata sin rumbo fijo, en ese sentido, no es una postal ni una nostalgia: es una técnica mínima del alma. Caminar, mirar, dejar que una frase emerja sin forzarla.
Cada día ofrece la posibilidad de habitar el tiempo, de existir, de otra manera, aunque sea por unos minutos. Es un Reboot analógico de nuestra existencia. Reinventarnos cada mañana para existir y seguir la senda.
Aristóteles. (2002). Ética a Nicómaco (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Obra original escrita ca. siglo IV a. C.).
Han, B.-C. (2015). La sociedad del cansancio. Herder.
Harari, Y. N. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Debate.
ANEXO N3XT>>
“Says” es un track que no se despliega: se revela lentamente. No empieza realmente; emerge. Desde el primer segundo, Nils Frahm instala un pulso grave, casi subterráneo, que funciona como un latido continuo. Esta pieza es un acompañamiento de la contemplación: no impone ritmo, no exige atención fragmentada, no distrae. Invita a permanecer.
martes, enero 06, 2026
🎮 Avatares de lo Sagrado: Videojuegos, Identidad y Rituall
No como entretenimiento, sino como escenarios simbólicos donde la identidad se ensaya, se transforma y se narra.
El avatar como máscara ritualEn muchas culturas, la máscara no oculta: revela. Permite que emerja una identidad latente, una posibilidad.
Erving Goffman (1959) decía que la vida social es una representación, un escenario donde actuamos roles. En los videojuegos, ese escenario se vuelve explícito: el avatar es una máscara performativa, una extensión de la identidad que permite experimentar versiones alternativas del yo.
Elegir un personaje, modificar su apariencia o decidir su moralidad no es un gesto trivial. Es un acto narrativo. Como diría Paul Ricoeur (1990), construimos identidad a través del relato; en los videojuegos, ese relato se vuelve interactivo, editable, casi ritual.
Comunidades que funcionan como tribus
Los clanes, guilds y equipos no son simples agrupaciones de jugadores. Son comunidades rituales con códigos, jerarquías y símbolos.
Victor Turner (1969) hablaba de la communitas: ese sentimiento de igualdad y unión que emerge en los rituales liminales. En los videojuegos, la communitas aparece en una raid nocturna, en la coordinación silenciosa de un equipo, en la celebración colectiva de una victoria improbable.
Pierre Bourdieu (1986) nos ayuda a ver que estas comunidades generan capital:
- capital social (redes, alianzas),
- capital cultural (saber jugar, dominar mecánicas),
- capital simbólico (prestigio dentro del juego).
Los videojuegos, así, funcionan como micro-sociedades donde se negocia pertenencia y reconocimiento.
El tiempo sagrado del juego
Mircea Eliade (1957) distinguía entre el tiempo profano y el tiempo sagrado: el primero es lineal, cotidiano; el segundo es circular, ritual, cargado de sentido.
Los videojuegos crean su propio tiempo sagrado: eventos de temporada, misiones únicas, rituales de repetición. Entrar a una partida es cruzar un umbral, un limen, donde las reglas cambian y la acción adquiere un valor simbólico.
Ese tiempo no es el del reloj: es el del rito.
Videojuegos como espejos ideológicos
Los videojuegos no solo entretienen: modelan imaginarios.
Theodor Adorno y Max Horkheimer (1944) advertían que la industria cultural produce formas de consumo que moldean deseos y comportamientos. Hoy, los videojuegos participan de esa lógica, pero también la subvierten: permiten experimentar mundos alternativos, cuestionar normas, explorar tensiones identitarias.
A la vez, como señala Ian Bogost (2007), los videojuegos son sistemas de reglas que comunican ideas: procedural rhetoric. No solo cuentan historias: argumentan a través de su diseño.
Epílogo: jugar para recordar quiénes somos
En un mundo obsesionado con la productividad, jugar es un acto de resistencia.
Es reclamar un espacio para la imaginación, para la identidad en movimiento, para la exploración ritual del yo.
Quizá por eso vuelvo a los videojuegos como vuelvo a los rituales:
para recordar que la identidad no es una esencia fija, sino un proceso.
Un río que cambia de cauce.
Un avatar que se reinventa.
Un ritual que nos devuelve, transformados, al mundo cotidiano.
Referencias:
Adorno, T., & Horkheimer, M. (1944). Dialectic of Enlightenment.
Bogost, I. (2007). Persuasive Games: The Expressive Power of Videogames. MIT Press.
Bourdieu, P. (1986). The forms of capital. In J. Richardson (Ed.), Handbook of Theory and Research for the Sociology of Education. Greenwood.
Eliade, M. (1957). The Sacred and the Profane. Harcourt.
Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Anchor Books.
Ricoeur, P. (1990). Oneself as Another. University of Chicago Press.
Turner, V. (1969). The Ritual Process: Structure and Anti-Structure. Aldin.
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