martes, julio 21, 2026

información de la liberación del bigdata

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La información puede ser puente o muro: cuando la palabra se comparte con honestidad y se lee en su contexto técnico y ético, nos acerca y nos hace más sabios; hoy eso exige alfabetización digital y una ética pública de la IA. La información, en mi lectura, es un gesto. No es acumulación de datos; es tejido de sentido. Aqui en Tabula Raza lo digo sin eufemismos: la comunicación que nos acerca es la que respeta la verdad y la dignidad del otro, y la que se practica con responsabilidad colectiva.

Pienso en Saramago como en quien nos recuerda la dimensión moral de la palabra: no basta informar, hay que restituir sentido. La palabra que oculta o fragmenta empobrece la vida común; la que ilumina la enriquece. Hablar con verdad es un modo de cuidado.

Paulo Freire lo dijo con claridad pedagógica: “La educación… se convierte en práctica de la libertad” (Freire, 1970). Esa frase no es retórica: nos obliga a transformar la información en diálogo, en conciencia crítica y en acción. No queremos meros recipientes de datos; queremos sujetos que piensen y actúen. Iván Illich complementa la idea con una advertencia sobre las instituciones: “Most learning is not the result of instruction. It is rather the result of unhampered participation in a meaningful setting” (Illich, 1971). Es una invitación a redes horizontales donde el saber circule sin jerarquías.

La crítica comunicacional nos exige mirar más allá del titular. Armand Mattelart nos recuerda que los medios y las infraestructuras son espacios de disputa por la hegemonía; no basta con el contenido, hay que interrogar quién produce y con qué fines (Mattelart & Mattelart, 1998). Héctor Schmucler aporta la sensibilidad por la memoria y la identidad mediatizadas: la tecnología no es neutral; moldea cómo nos reconocemos.

En la era de la IA la pregunta ética se vuelve urgente: ¿qué sociedad queremos que reproduzcan los algoritmos? Los sistemas que priorizan engagement pueden fragmentar deliberación; los modelos que sintetizan sin transparencia pueden borrar matices. La respuesta no es técnica solamente: es política y moral. Requerimos transparencia algorítmica, alfabetización crítica y diseño de IA con valores (Floridi, 2020).

Un gesto práctico y humilde: verificar antes de compartir; explicar el contexto cuando difundimos; escuchar más de lo que opinamos; construir redes de aprendizaje que no reproduzcan jerarquías. Cada verificación, cada escucha atenta, cada explicación es un ladrillo en el puente que queremos cruzar juntos.

Me quedo con la imagen de la información como abrazo: a veces incómodo, a veces cálido, siempre con la posibilidad de acercar. Elegir hablar con honestidad y escuchar con cuidado es hoy un acto subversivo y necesario.

Referencias (APA)
Freire, P. (1970). Pedagogy of the oppressed. Continuum.
Illich, I. (1971). Deschooling Society. Harper & Row.
Mattelart, A., & Mattelart, M. (1998). Theories of Communication: A Short Introduction. SAGE.
Saramago, J. (varios). Obras y ensayos sobre palabra, memoria y verdad.
Floridi, L. (2020). Textos sobre ética de la inteligencia artificial y transparencia algorítmica.

domingo, junio 21, 2026

Circuitos Rotos: arqueología emocional de una vida digital que nació escribiendo código

 

Hay una generación —la nuestra, la mía, en cierto nivel— que no llegó a la comunicación digital: la construyó.

Antes de que existieran las redes sociales, antes de que la interfaz se volviera transparente, antes de que la comunicación se redujera a deslizar el pulgar, hubo un tiempo en que hablar por internet era un acto técnico, casi ritual. Yo viví ese tiempo.

Para comunicarnos, no bastaba escribir: había que programar.
Usábamos comandos básicos, fragmentos de HTML, líneas de código que hoy parecerían prehistoria. Insertar una imagen, cambiar un color, generar un salto de línea, todo requería intención y conocimiento. La comunicación era artesanal, no automática. Era un lenguaje que se escribía con las manos y con la mente, no solo con los dedos.

Vivíamos en BBS, en Messenger, en foros donde cada mensaje era una pequeña pieza de ingeniería emocional. Éramos un grupo reducido, casi clandestino, que encontrábamos en ese espacio un refugio. La tecnología no era un escenario público: era un laboratorio íntimo. Y en ese laboratorio aprendimos a sentir, a programar nuestra identidad.

Marshall McLuhan, décadas antes de que existiera internet, ya había anticipado lo que vivíamos sin saberlo: el medio es el mensaje. No solo importaba lo que decíamos, sino el modo en que lo decíamos. Y en aquellos años, el modo era código. La forma era estructura. La emoción pasaba por la sintaxis. La subjetividad se escribía entre etiquetas.

McLuhan también habló de la “aldea global”, pero lo que él imaginó como un tejido planetario de comunicación se parecía más a lo que vivimos en esos primeros años: un espacio pequeño, conectado, pero no masificado. Una comunidad que se reconocía por su lenguaje, no por su número.

--->Luego, todo cambió.

Lo que era un territorio geek se volvió la generalidad del mundo. Las redes sociales —esas plataformas que hoy parecen inevitables— no son sino actualizaciones masivas de aquel ecosistema íntimo. Pero en el salto hacia el mainstream, algo se desvirtuó: la conciencia del código desapareció. La interfaz se volvió tan transparente que dejó de ser visible. La comunicación dejó de ser un acto deliberado para convertirse en un reflejo automático.

Las nuevas generaciones no saben —¿ni tienen por qué saber? neófitos— que detrás de cada mensaje hay una arquitectura, un lenguaje, una historia. No reconocen el sistema, solo la superficie. No ven el código, solo el ícono. Y en esa invisibilidad, la comunicación perdió densidad.

Autores como Friedrich Kittler lo advirtieron: “los medios determinan nuestra situación”. Y nuestra situación cambió radicalmente cuando dejamos de escribir código para empezar a escribir sobre plantillas. Cuando dejamos de construir el medio y empezamos a habitarlo sin cuestionarlo. Cuando la comunicación dejó de ser un acto técnico para convertirse en un acto de consumo.

Esta tarde, escuchando un track de Nebulosa, de esta nueva generación - que le cubre el velo de la automatización - sentí que toda esa arqueología personal —esa vida digital que comenzó programando— seguía viva en mí. La letra habla de circuitos rotos, de datos perdidos, de amores que flotan como archivos corruptos. Mi historia emocional está entrelazada con la historia técnica de internet. Porque crecí en un mundo donde la interfaz era un misterio, no un espejo.

Byung-Chul Han diría que la digitalización convirtió la experiencia humana en transparencia y rendimiento. Pero para quienes venimos de la prehistoria del internet, la historia es otra: la tecnología fue primero un lenguaje, luego un puente, y solo después se ha vuelto ruido efímero de tendencia, de intrascendencia. Ese ruido, parecido al generado por Melkor en las canciones, para destruir la obra hermosa de los Ainur quiénes complacían a Llúvatar en los textos de Tolkien.

Hoy, en este punto de mi vida, veo esa evolución con claridad. No como nostalgia, sino como una forma de memoria. Una memoria que explica por qué seguimos buscando conexión auténtica en un mundo saturado de conexiones vacías. Una memoria que recuerda que antes del algoritmo hubo silencio, y que en ese silencio aprendimos a sentir.

Quizá por eso, cuando reproduzco tracks, no escucho solo música: escucho mi propia historia digital resonando. No somos circuitos rotos. Somos la generación que aprendió a comunicarse escribiendo código, a amar entre líneas de texto, a perderse en servidores que ya no existen, y a reconstruirse en un mundo donde la piel y la interfaz crecieron juntas.

ANEXO NEXT >>

Luces en mi piel de Nebulosa..

Somos circuito rotos. Tu y yo sin conexión, mi pecho en modo avión, buscando tu versión. Somos datos perdidos, flotando alrededor, amor desinstalado, fantasma en el servidor,...



domingo, mayo 31, 2026

La contemplación como forma de resistencia


Ha concluido en el Congreso Federal periodo extraordinario de sesiones. En el segundo receso del segundo año de ejercicio de la LXVI legislatura. Fue una batalla parlamentaria intensa, sobre todo en el Pleno de San Lázaro. El Poder Judicial y las elecciones el epicentro de la vorágine que despertó las pasiones, a veces irracionales, en el debate parlamentario mexicano. 

Es momento de desconexión parlamentaria, para ingresar algunos bites de texto contemplativo en este blog. La vida contemplativa no es una ostentación. Es una forma de recuperar el centro cuando todo lo demás lo acelera. 

Byung Chul Han recuerda que “la contemplación es una forma de atención profunda que no busca dominar el objeto, sino dejarse tocar por él”. En un tiempo saturado de estímulos, mirar una flor sin pedirle nada es casi un acto de desobediencia suave. 

Alain de Botton, desde otra sensibilidad, afirma que la contemplación es “un entrenamiento para ver lo que siempre estuvo ahí, pero que la prisa vuelve invisible”. Ambas plumas reflexivas coinciden: la lentitud no es pasividad, sino lucidez. La contemplación no es evasión. Es una forma de volver a la esencia, al cuerpo metafísico, al tiempo, a la pacha mama, al encuentro del gran espíritu. 

Peter Sloterdijk habla de “prácticas de interioridad” como ejercicios que permiten habitar la existencia sin ser arrastrados por ella. Han insiste en que solo en la pausa emerge lo verdaderamente humano: “la vida contemplativa abre un espacio donde el ser puede resonar”. 

En el Ramayana, cuando Rama atraviesa momentos de duda y desorientación, el sabio Vashistha le recuerda que la verdadera fortaleza no proviene de la acción exterior, sino del recogimiento interior. En uno de sus pasajes más contemplativos se dice: “La mente que se vuelve hacia adentro encuentra la morada donde no hay temor.” Esta enseñanza milenaria hindi, traza una tenue pero firme línea —breve, luminosa— condensa la enseñanza: la contemplación no es huida, es retorno. 

La contemplación no es mirar hacia adentro. Es mirar de otra manera. Es permitir que, las flores que embellecen y perfuman mi espacio, un girasol, un lirio, una nota suspendida o una frase filosófica nos devuelvan a ese lugar donde la vida deja de ser una diligencia que debemos cumplir, tratemos de observarla y percibirla como nuestro ser etéreo que en el mundo material nos otorga presencia, existencia, vida. 

ANEXO NEXT>> Hoy en este post, la electrónica melódica contemporánea de Nils Frahm emerge de la contemplación. Pianos respirados, texturas analógicas y silencios que se abren como habitaciones,  Frahm nos invita a habitar el tiempo sin violencia. Sin tratar de ubicarnos en el mundo semiótico, observemos como Frahm compone como quien escucha el mundo desde adentro: no para llenar el espacio, sino para afinarlo. 

 

viernes, febrero 20, 2026

Resistir en la hiperposmodernidad. Reflexión estoica sobre la lava de un volcán.


Caminar hacia
Cuicuilco es ingresar a un espacio que no solo conserva piedras antiguas, sino una energía de autoexploración. Rodeado por edificios modernos, vialidades y el pulso acelerado de la ciudad, este oasis arqueológico coexiste como una grieta en el tiempo. Ahí, la modernidad se detiene un instante y permite escuchar algo más profundo: una herencia espiritual milenaria que, aunque sepultada, sigue latiendo bajo la superficie.

El contraste es inevitable. A un lado, el vidrio, el concreto y la lógica productiva; al otro, la pirámide circular, silenciosa, recordándonos que hubo formas de habitar el mundo menos ansiosas y más integradas al ritmo natural. En ese choque de paisajes reconocí mi propia vida: una existencia atravesada por la modernidad, pero sostenida por una búsqueda interior que se resiste a quedar enterrada bajo la superficialidad materialista.
Laozi escribió que “el sabio actúa sin forzar y enseña sin palabras”. En Cuicuilco, esa enseñanza se vuelve tangible. El sitio no impone un discurso; simplemente está. Su presencia invita a fluir, a aceptar los hechos tal como se presentan, sin etiquetarlos de inmediato como “buenos” o “malos”. La lava que cubrió la ciudad no fue una tragedia moral, sino un movimiento natural del mundo. El Tao se manifiesta en esa aceptación serena.
Epicteto, desde el estoicismo, dialoga con esta misma intuición cuando afirma que “no nos afecta lo que sucede, sino cómo lo interpretamos”. Frente a las ruinas, uno comprende que la verdadera libertad no está en controlar el entorno, sino en gobernar la propia mirada. Cuicuilco se convierte así en un centro energético: un espacio donde la mente se aquieta y la vida se observa sin prejuicio.

Estos momentos de peregrinaje son, en el fondo, actos de resistencia. Resistencia frente a la hipermodernidad que Gilles Lipovetsky conceptualiza: un tiempo de exceso, velocidad y consumo que diluye el sentido. Detenerse, caminar, contemplar y reflexionar es una forma de oponerse al vértigo. Es afirmar que, incluso en medio del ruido, aún podemos fluir con conciencia.

Cuicuilco no es solo un vestigio arqueológico; es un recordatorio de que la espiritualidad no desaparece, solo espera ser redescubierta. Y que, a veces, resistir es tan simple —y tan profundo— como volver a caminar en silencio.

ANEXO NEXT

Camina despacio, sin presiones, percibe el ambiente. Tiene algo de contemplación silenciosa, de pequeñez asumida sin derrota. Como Cuicuilco rodeado de edificios: no compite, permanece. Con ustedes Bon Iver.- Holocene