domingo, junio 21, 2026

Circuitos Rotos: arqueología emocional de una vida digital que nació escribiendo código

 

Hay una generación —la nuestra, la mía, en cierto nivel— que no llegó a la comunicación digital: la construyó.

Antes de que existieran las redes sociales, antes de que la interfaz se volviera transparente, antes de que la comunicación se redujera a deslizar el pulgar, hubo un tiempo en que hablar por internet era un acto técnico, casi ritual. Yo viví ese tiempo.

Para comunicarnos, no bastaba escribir: había que programar.
Usábamos comandos básicos, fragmentos de HTML, líneas de código que hoy parecerían prehistoria. Insertar una imagen, cambiar un color, generar un salto de línea, todo requería intención y conocimiento. La comunicación era artesanal, no automática. Era un lenguaje que se escribía con las manos y con la mente, no solo con los dedos.

Vivíamos en BBS, en Messenger, en foros donde cada mensaje era una pequeña pieza de ingeniería emocional. Éramos un grupo reducido, casi clandestino, que encontrábamos en ese espacio un refugio. La tecnología no era un escenario público: era un laboratorio íntimo. Y en ese laboratorio aprendimos a sentir, a programar nuestra identidad.

Marshall McLuhan, décadas antes de que existiera internet, ya había anticipado lo que vivíamos sin saberlo: el medio es el mensaje. No solo importaba lo que decíamos, sino el modo en que lo decíamos. Y en aquellos años, el modo era código. La forma era estructura. La emoción pasaba por la sintaxis. La subjetividad se escribía entre etiquetas.

McLuhan también habló de la “aldea global”, pero lo que él imaginó como un tejido planetario de comunicación se parecía más a lo que vivimos en esos primeros años: un espacio pequeño, conectado, pero no masificado. Una comunidad que se reconocía por su lenguaje, no por su número.

--->Luego, todo cambió.

Lo que era un territorio geek se volvió la generalidad del mundo. Las redes sociales —esas plataformas que hoy parecen inevitables— no son sino actualizaciones masivas de aquel ecosistema íntimo. Pero en el salto hacia el mainstream, algo se desvirtuó: la conciencia del código desapareció. La interfaz se volvió tan transparente que dejó de ser visible. La comunicación dejó de ser un acto deliberado para convertirse en un reflejo automático.

Las nuevas generaciones no saben —¿ni tienen por qué saber? neófitos— que detrás de cada mensaje hay una arquitectura, un lenguaje, una historia. No reconocen el sistema, solo la superficie. No ven el código, solo el ícono. Y en esa invisibilidad, la comunicación perdió densidad.

Autores como Friedrich Kittler lo advirtieron: “los medios determinan nuestra situación”. Y nuestra situación cambió radicalmente cuando dejamos de escribir código para empezar a escribir sobre plantillas. Cuando dejamos de construir el medio y empezamos a habitarlo sin cuestionarlo. Cuando la comunicación dejó de ser un acto técnico para convertirse en un acto de consumo.

Esta tarde, escuchando un track de Nebulosa, de esta nueva generación - que le cubre el velo de la automatización - sentí que toda esa arqueología personal —esa vida digital que comenzó programando— seguía viva en mí. La letra habla de circuitos rotos, de datos perdidos, de amores que flotan como archivos corruptos. Mi historia emocional está entrelazada con la historia técnica de internet. Porque crecí en un mundo donde la interfaz era un misterio, no un espejo.

Byung-Chul Han diría que la digitalización convirtió la experiencia humana en transparencia y rendimiento. Pero para quienes venimos de la prehistoria del internet, la historia es otra: la tecnología fue primero un lenguaje, luego un puente, y solo después se ha vuelto ruido efímero de tendencia, de intrascendencia. Ese ruido, parecido al generado por Melkor en las canciones, para destruir la obra hermosa de los Ainur quiénes complacían a Llúvatar en los textos de Tolkien.

Hoy, en este punto de mi vida, veo esa evolución con claridad. No como nostalgia, sino como una forma de memoria. Una memoria que explica por qué seguimos buscando conexión auténtica en un mundo saturado de conexiones vacías. Una memoria que recuerda que antes del algoritmo hubo silencio, y que en ese silencio aprendimos a sentir.

Quizá por eso, cuando reproduzco tracks, no escucho solo música: escucho mi propia historia digital resonando. No somos circuitos rotos. Somos la generación que aprendió a comunicarse escribiendo código, a amar entre líneas de texto, a perderse en servidores que ya no existen, y a reconstruirse en un mundo donde la piel y la interfaz crecieron juntas.

ANEXO NEXT >>

Luces en mi piel de Nebulosa..

Somos circuito rotos. Tu y yo sin conexión, mi pecho en modo avión, buscando tu versión. Somos datos perdidos, flotando alrededor, amor desinstalado, fantasma en el servidor,...



domingo, mayo 31, 2026

La contemplación como forma de resistencia


Ha concluido en el Congreso Federal periodo extraordinario de sesiones. En el segundo receso del segundo año de ejercicio de la LXVI legislatura. Fue una batalla parlamentaria intensa, sobre todo en el Pleno de San Lázaro. El Poder Judicial y las elecciones el epicentro de la vorágine que despertó las pasiones, a veces irracionales, en el debate parlamentario mexicano. 

Es momento de desconexión parlamentaria, para ingresar algunos bites de texto contemplativo en este blog. La vida contemplativa no es una ostentación. Es una forma de recuperar el centro cuando todo lo demás lo acelera. 

Byung Chul Han recuerda que “la contemplación es una forma de atención profunda que no busca dominar el objeto, sino dejarse tocar por él”. En un tiempo saturado de estímulos, mirar una flor sin pedirle nada es casi un acto de desobediencia suave. 

Alain de Botton, desde otra sensibilidad, afirma que la contemplación es “un entrenamiento para ver lo que siempre estuvo ahí, pero que la prisa vuelve invisible”. Ambas plumas reflexivas coinciden: la lentitud no es pasividad, sino lucidez. La contemplación no es evasión. Es una forma de volver a la esencia, al cuerpo metafísico, al tiempo, a la pacha mama, al encuentro del gran espíritu. 

Peter Sloterdijk habla de “prácticas de interioridad” como ejercicios que permiten habitar la existencia sin ser arrastrados por ella. Han insiste en que solo en la pausa emerge lo verdaderamente humano: “la vida contemplativa abre un espacio donde el ser puede resonar”. 

En el Ramayana, cuando Rama atraviesa momentos de duda y desorientación, el sabio Vashistha le recuerda que la verdadera fortaleza no proviene de la acción exterior, sino del recogimiento interior. En uno de sus pasajes más contemplativos se dice: “La mente que se vuelve hacia adentro encuentra la morada donde no hay temor.” Esta enseñanza milenaria hindi, traza una tenue pero firme línea —breve, luminosa— condensa la enseñanza: la contemplación no es huida, es retorno. 

La contemplación no es mirar hacia adentro. Es mirar de otra manera. Es permitir que, las flores que embellecen y perfuman mi espacio, un girasol, un lirio, una nota suspendida o una frase filosófica nos devuelvan a ese lugar donde la vida deja de ser una diligencia que debemos cumplir, tratemos de observarla y percibirla como nuestro ser etéreo que en el mundo material nos otorga presencia, existencia, vida. 

ANEXO NEXT>> Hoy en este post, la electrónica melódica contemporánea de Nils Frahm emerge de la contemplación. Pianos respirados, texturas analógicas y silencios que se abren como habitaciones,  Frahm nos invita a habitar el tiempo sin violencia. Sin tratar de ubicarnos en el mundo semiótico, observemos como Frahm compone como quien escucha el mundo desde adentro: no para llenar el espacio, sino para afinarlo. 

 

viernes, febrero 20, 2026

Resistir en la hiperposmodernidad. Reflexión estoica sobre la lava de un volcán.


Caminar hacia
Cuicuilco es ingresar a un espacio que no solo conserva piedras antiguas, sino una energía de autoexploración. Rodeado por edificios modernos, vialidades y el pulso acelerado de la ciudad, este oasis arqueológico coexiste como una grieta en el tiempo. Ahí, la modernidad se detiene un instante y permite escuchar algo más profundo: una herencia espiritual milenaria que, aunque sepultada, sigue latiendo bajo la superficie.

El contraste es inevitable. A un lado, el vidrio, el concreto y la lógica productiva; al otro, la pirámide circular, silenciosa, recordándonos que hubo formas de habitar el mundo menos ansiosas y más integradas al ritmo natural. En ese choque de paisajes reconocí mi propia vida: una existencia atravesada por la modernidad, pero sostenida por una búsqueda interior que se resiste a quedar enterrada bajo la superficialidad materialista.
Laozi escribió que “el sabio actúa sin forzar y enseña sin palabras”. En Cuicuilco, esa enseñanza se vuelve tangible. El sitio no impone un discurso; simplemente está. Su presencia invita a fluir, a aceptar los hechos tal como se presentan, sin etiquetarlos de inmediato como “buenos” o “malos”. La lava que cubrió la ciudad no fue una tragedia moral, sino un movimiento natural del mundo. El Tao se manifiesta en esa aceptación serena.
Epicteto, desde el estoicismo, dialoga con esta misma intuición cuando afirma que “no nos afecta lo que sucede, sino cómo lo interpretamos”. Frente a las ruinas, uno comprende que la verdadera libertad no está en controlar el entorno, sino en gobernar la propia mirada. Cuicuilco se convierte así en un centro energético: un espacio donde la mente se aquieta y la vida se observa sin prejuicio.

Estos momentos de peregrinaje son, en el fondo, actos de resistencia. Resistencia frente a la hipermodernidad que Gilles Lipovetsky conceptualiza: un tiempo de exceso, velocidad y consumo que diluye el sentido. Detenerse, caminar, contemplar y reflexionar es una forma de oponerse al vértigo. Es afirmar que, incluso en medio del ruido, aún podemos fluir con conciencia.

Cuicuilco no es solo un vestigio arqueológico; es un recordatorio de que la espiritualidad no desaparece, solo espera ser redescubierta. Y que, a veces, resistir es tan simple —y tan profundo— como volver a caminar en silencio.

ANEXO NEXT

Camina despacio, sin presiones, percibe el ambiente. Tiene algo de contemplación silenciosa, de pequeñez asumida sin derrota. Como Cuicuilco rodeado de edificios: no compite, permanece. Con ustedes Bon Iver.- Holocene


 

sábado, enero 24, 2026

La contemplación como constante, no como pausa

 









Vita contemplativa simpliciter melior est quam activa:
 
Santo Tomas de Aquino

La contemplación como constante, no como pausa

Caminaba esta mañana, procuro hacerlo al amanecer, cuando el bullicio del despertar urbano me envuelve y la naturaleza resiste con los cantos de los pájaros y el correr de las ardillas y el aroma de los arboles. La frase clásica —vita contemplativa simpliciter melior est quam activa— suele interpretarse como una oposición entre dos modos de vida: hacer o contemplar. Sin embargo, leída desde la experiencia contemporánea, no propone una renuncia al hacer, sino una reivindicación del tiempo cualitativo. La vida contemplativa no es ocio pasivo ni retiro improductivo, sino una praxis de duración: un modo de habitar el tiempo que no se deja devorar por la urgencia productiva.

Contemplar no es detenerse; es habitar, es percibirnos desde otra dimensión empírica de nosotr@s mism@s.

🕰️La contemplación como generadora de otro tiempo

El tiempo del trabajo es lineal, acumulativo, orientado al resultado. Avanza por metas, plazos y métricas. El tiempo contemplativo, en cambio, es circular, expansivo, casi respiratorio. No se mide por lo que produce, sino por lo que permite aparecer. Rebelión de nuestra propia exigencia, a nosotros mismos, a nuestra propia meta de productividad, rebelión es detenernos a observar a percibir. La contemplación como resistencia suave


La mirada que vuelve a encantar el mundo

Es permitir que el mundo recupere textura, profundidad y misterio. Frente a la saturación informativa y la hiperactividad mental, la mirada contemplativa devuelve espesor a lo cotidiano. Lo que parecía obvio vuelve a ser significativo; lo que parecía invisible, vuelve a aparecer. Es conectar con nuestra escencia, es conectar con Dios, con la Pacha Mama.

✍️ La caminata al amanecer como metáfora

Cuando contemplamos, no suspendemos el tiempo: lo transformamos. Byung-Chul Han explica que la sociedad contemporánea ha sustituido la duración por la aceleración, y la experiencia por el rendimiento. En ese contexto, la contemplación introduce una temporalidad distinta: un tiempo que no se consume, sino que ensancha el alma. Un tiempo que no se agota en la utilidad.

En un mundo que exige velocidad constante, contemplar se vuelve un acto político de resistencia silencioso. No es huida ni negación del trabajo, sino reapropiación del ritmo. Contemplar es decidir cómo mirar, cómo pensar, cómo existir, sin someter cada gesto a la lógica de la eficiencia.

Han describe nuestra época como una era de autoexplotación voluntaria, donde el sujeto se convierte en su propio vigilante. Frente a ello, la contemplación no confronta ni denuncia: desacelera. Introduce una grieta en el flujo continuo de la productividad, por donde entra otro tipo de sentido.

La contemplación no es solo mirar: es ver.

Yuval Noah Harari ha advertido que uno de los grandes desafíos del siglo XXI no es la falta de información, sino su exceso. En un entorno saturado de datos, la atención se vuelve el recurso más escaso. Contemplar, entonces, es un acto de soberanía interior: elegir dónde posar la mirada, qué merece tiempo, qué merece silencio.

La caminata al amanecer puede ser el hilo narrativo de esta experiencia. Ese momento en que la ciudad aún no despierta del todo, cuando el tiempo parece más lento, más propio. En ese umbral aparece la frase latina de Santo Tomas de Aquino como una epifanía: un recordatorio de que la vida no solo se ejecuta, también se contempla.

Harari ha insistido en la necesidad de cultivar prácticas de atención —como la meditación— para no quedar a merced de los algoritmos y las inercias del sistema. La caminata sin rumbo fijo, en ese sentido, no es una postal ni una nostalgia: es una técnica mínima del alma. Caminar, mirar, dejar que una frase emerja sin forzarla.

Cada día ofrece la posibilidad de habitar el tiempo, de existir, de otra manera, aunque sea por unos minutos. Es un Reboot analógico de nuestra existencia. Reinventarnos cada mañana para existir y seguir la senda.

Aristóteles. (2002). Ética a Nicómaco (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Obra original escrita ca. siglo IV a. C.).

Han, B.-C. (2015). La sociedad del cansancio. Herder.

Harari, Y. N. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Debate.


ANEXO N3XT>>

“Says” es un track que no se despliega: se revela lentamente. No empieza realmente; emerge. Desde el primer segundo, Nils Frahm instala un pulso grave, casi subterráneo, que funciona como un latido continuo.  Esta pieza es un acompañamiento de la contemplación: no impone ritmo, no exige atención fragmentada, no distrae. Invita a permanecer.