jueves, noviembre 05, 2026

Del equinoccio al solsticio: La memoria análoga se transforma en presencia digital

 

“Los límites que separan la Vida de la Muerte son, en el mejor de los casos, sombríos y vagos. ¿Quién puede decir dónde termina una y dónde comienza la otra?”

Edgar Allan Poe, The Premature Burial

De la astronomía a la metafísica: el antiguo diálogo entre la vida y la muerte versión 3.0

Los días son más cortos. La noche asoma temprano y el aire frio avizora la llegada de frentes fríos al valle de México. En este contexto escribo a principios de noviembre de 2026.

En el hemisferio norte la luz se aleja, se retira. No ocurre porque el universo quiera decirnos algo. No existe, hasta donde sabemos, ningún mensaje oculto en el cielo anunciando la llegada de la muerte. Existe simplemente un planeta inclinado aproximadamente 23,5 grados sobre su eje que continúa, indiferente, su viaje alrededor del Sol. Esa inclinación determina la sucesión de las estaciones y explica que, después del equinoccio de septiembre, los días se acorten en el hemisferio norte hasta alcanzar el solsticio de diciembre. NASA muestra precisamente que en los equinoccios ambos hemisferios reciben cantidades de luz casi iguales, mientras los solsticios constituyen los extremos de ese ciclo estacional. [science.nasa.gov], [science.nasa.gov]

La astronomía explica el fenómeno.

Pero nosotros, la raza humana, hicimos algo extraordinario con él. Lo convertimos en significado. Y quizá ahí comenzó todo.


1. El cielo: nuestro primer calendario

Mucho antes del reloj mecánico, del calendario impreso o de las aplicaciones que hoy administran cada minuto de nuestra existencia, hubo un calendario imposible de apagar: el cielo.

Nuestros antepasados observaron la salida y puesta del Sol, las fases de la Luna y la repetición de las estaciones. De ello dependían actividades esenciales, entre ellas la agricultura.

El otoño poseía entonces una evidencia que hoy, habitantes de ciudades permanentemente iluminadas, podemos olvidar fácilmente.

La luz disminuía. Llegaba el frío. Terminaba la cosecha. La naturaleza entraba en otro estado.

La explicación contemporánea es precisa. Debido a la inclinación terrestre, durante el equinoccio el terminador, la frontera entre el lado iluminado y el oscuro de nuestro planeta, atraviesa aproximadamente ambos polos. Día y noche alcanzan entonces una duración cercana a la igualdad. Después, conforme la Tierra continúa su órbita, las noches se alargan en el hemisferio norte hasta el solsticio de invierno. [science.nasa.gov], [science.nasa.gov]

Nada metafísico sucede allí. Y, sin embargo, para nosotros era casi inevitable la metáfora. Porque mientras la naturaleza comenzaba uno de sus ciclos de aparente muerte, el ser humano descubrió delante de sí una imagen de su propia existencia.

Nacer. Crecer. Madurar. Envejecer. Morir. Y volver a comenzar, aunque no necesariamente siendo los mismos. […]

En ese sentido, resulta difícil no recordar a Heráclito y su concepción de una realidad gobernada por el devenir. Todo cambia. Todo transcurre. Nada permanece exactamente igual.

Quizá antes de que inventáramos la filosofía, ya habíamos contemplado su problema fundamental en el cielo.


2. Samhain: cuando comienza la oscuridad

En mi historia personal, me traslado a Irlanda. Desde costumbres paganas encuentro en el mundo céltico uno de los ejemplos más sugerentes de esta relación entre ciclo natural y representación cultural.

Samhain señalaba el final del verano y el comienzo del invierno. Las fuentes históricas aconsejan, sin embargo, prudencia: Encyclopaedia Britannica recuerda que sabemos relativamente poco con absoluta certeza acerca de sus celebraciones antiguas, porque las fuentes son escasas y buena parte de las descripciones detalladas son considerablemente posteriores. [britannica.com]

Eso es importante porque la historia popular ha terminado envolviendo Samhain en numerosas afirmaciones difíciles de demostrar. Lo que sí conocemos es suficientemente poderoso.

Era un momento de transición estacional asociado con la entrada en el invierno, y existía la creencia de que durante Samhain los espíritus podían aproximarse al mundo de los vivos. [britannica.com], [britannica.com]

La frontera estacional adquiría así otra dimensión:

la frontera entre mundos.

Mucho después, la cristianización modificó profundamente estas prácticas. La víspera del Día de Todos los Santos, All Hallows' Eve, acabaría proporcionando el nombre de Halloween. [britannica.com]

Y todavía habría otra transformación.

Halloween cruzaría el Atlántico y se convertiría, especialmente en Norteamérica, en una celebración ampliamente secular caracterizada hoy por disfraces, calabazas, fiestas y el trick or treat. [britannica.com]

El ritual había cambiado. Pero la muerte seguía allí. Aunque convertida muchas veces en juego.


3. México: cuando los muertos vuelven a casa

Y resulta que aquí en la tierra que nací lejos de mis bisabuelos, a miles de kilómetros del antiguo universo céltico, otras civilizaciones formularon sus propias respuestas ante la muerte.

Y es aquí donde debemos evitar una comparación demasiado fácil. El Día de Muertos no es el equivalente mexicano de Samhain ni una variante prehispánica de Halloween. Posee su propia genealogía cultural.

UNESCO explica que las fiestas indígenas dedicadas a los muertos en México manifiestan una fusión entre ritos religiosos prehispánicos y festividades católicas introducidas por los europeos en el siglo XVI. [ich.unesco.org]

Pero aparece nuevamente una coincidencia extraordinariamente significativa. El periodo comprendido entre finales de octubre y comienzos de noviembre coincide también con la culminación del ciclo anual tradicional del cultivo del maíz. [ich.unesco.org], [ich.unesco.org]

Otra vez el ciclo. Otra vez la cosecha. Otra vez la naturaleza recordando que todo aquello que germina termina por transformarse. Pero la respuesta mexicana posee una cualidad particularmente hermosa. Aquí los muertos regresan.

Según explica UNESCO, la festividad conmemora el retorno transitorio al mundo de los vivos de familiares y seres queridos fallecidos. En estas tierras aztecas las familias preparamos alimentos, pétalos de cempasuchitl, velas y ofrendas para recibir a nuestros difuntos. [unesco.org], [ich.unesco.org]

La muerte deja entonces de ser únicamente separación. Se convierte también en visita. Por unas horas, la casa o el camposanto amplía sus fronteras. En la mesa caben quienes están y quienes estuvieron. Y la memoria adquiere una corporeidad extraordinaria: tiene aroma de cempasúchil, sabor de alimentos conocidos, luz de velas y el rostro detenido de una fotografía familiar. No se trata de negar la muerte. Se trata, quizá, de domesticar su ausencia. Recordar es nunca morir, no desaparecer, es permanencia.


4. Halloween y Día de Muertos: la imbricación mexicana

Y entonces llegamos al México contemporáneo. Caminando por mi ciudad donde durante los últimos días de octubre conviven una calabaza norteamericana, una catrina, disfraces, papel picado, esqueletos, películas de terror, altares familiares y flores de cempasúchil. Desde una mirada purista podría interpretarse como contradicción. Desde otra perspectiva puede comprenderse como imbricación cultural.

Halloween posee raíces europeas, componentes cristianos y una fuerte transformación secular moderna. [britannica.com], [britannica.com]

El Día de Muertos mexicano constituye a su vez una tradición sincrética en la que convergen universos indígenas y cristianos. [unesco.org], [ich.unesco.org]

Y ahora ambos imaginarios vuelven a encontrarse. Lo interesante no es decidir cuál debería derrotar al otro. Lo interesante es observar lo que sucede cuando las culturas se rozan.

México lleva siglos haciendo precisamente eso: superponer símbolos, resignificarlos y construir con ellos nuevas identidades.

Así, durante unos días, la muerte aparece simultáneamente como memoria, espiritualidad, tradición, espectáculo, mercancía, juego y afirmación de identidad. Una paradoja profundamente contemporánea. Hiper posmodernidad describe Lipovesky.

Nunca habíamos tenido tantas imágenes de la muerte y, quizá, nunca habíamos vivido tan empeñados en no pensar seriamente en ella.


5. De la fiesta a la metafísica

Aquí conviene abandonar por un momento las calabazas, las catrinas y las ofrendas. Porque detrás de ellas aparece una pregunta mucho más antigua.

¿Qué hace el ser humano cuando descubre que va a morir?

La filosofía ha intentado responderla durante más de dos milenios. Epicuro propuso una salida radicalmente racional: la muerte no debería atormentarnos porque mientras nosotros existimos ella no está presente y, cuando ella llega, nosotros ya no estamos. Siglos después, la filosofía contemporánea plantearía casi la operación inversa.

Para Martin Heidegger, la muerte no es solamente un acontecimiento situado al final de la biografía. La comprensión de nuestra propia finitud afecta la manera en que comprendemos nuestra existencia. En Ser y tiempo, existencia, temporalidad y mortalidad aparecen profundamente relacionadas. [iep.utm.edu], [repositori...uca.edu.ar] Dos posibilidades filosóficas extraordinariamente distintas:

Epicuro quiere liberarnos del miedo a la muerte. Heidegger nos obliga a reconocer nuestra condición mortal para comprender la existencia.

Entre ambos extremos hemos construido civilizaciones enteras.

Religiones. Tumbas. Cementerios. Altares. Fotografías. Poemas. Ceremonias. Historias. Musica.

Porque el ser humano posiblemente sea, entre muchas otras cosas, un homo sapiens que sabe que va a morir y que construye símbolos para poder vivir con ese conocimiento.


6. México y la intimidad con la muerte,

Es inevitable que en esta conversación, que hemos entablado estimado lector de Tabula raza, aparezca Octavio Paz. En El laberinto de la soledad, particularmente en su reflexión sobre Todos Santos y el Día de Muertos, Paz convirtió la relación mexicana con la muerte en problema cultural y filosófico.  Pero quizá convenga actualizar aquella intuición. Porque el mexicano contemporáneo ya no habita solamente el universo simbólico que observaba Paz a mediados del siglo XX. Hoy vivimos simultáneamente entre rituales heredados y cultura digital. Ponemos una fotografía en el altar, pero también conservamos miles en la nube.

Encendemos una vela frente al retrato de alguien que ha muerto mientras su perfil puede continuar existiendo en una red social. Escuchamos su voz en una grabación. Volvemos a verlo en un vídeo. Leemos conversaciones almacenadas durante años. Y pronto las tecnologías de inteligencia artificial nos obligarán a formular una pregunta aún más inquietante:

¿Qué significará morir en una civilización capaz de conservar crecientes fragmentos digitales de una persona?

El altar tradicional preservaba memoria. El archivo digital preserva rastros. Y no son exactamente la misma cosa. Aquí pienso que está uno de los territorios más fértiles para Tabula Raza.


“La vida y la muerte se me aparecían como límites ideales que yo debía atravesar para derramar un torrente de luz sobre nuestro oscuro mundo.”

Mary Shelley, Frankenstein

7. La muerte en tiempos de la llamada inteligencia artificial

Quizá estamos entrando en un nuevo capítulo de esta antiquísima relación. Nuestros antepasados miraban las estrellas. Después levantaron monumentos. Escribieron nombres. Pintaron retratos. Tomaron fotografías. Grabaron voces. Filmamos nuestras vidas. Y finalmente comenzamos a convertir partes de nuestra existencia en datos. La pregunta metafísica cambia entonces de forma.

Antes preguntábamos:

¿Qué queda de nosotros cuando morimos?

Ahora tendremos que añadir:

¿Qué debería permanecer de nosotros cuando nuestra identidad digital puede sobrevivirnos?

No existe, aún, tecnología capaz de resolver la muerte. Pero sí estamos construyendo tecnologías capaces de modificar la experiencia humana de la memoria. Pero Yuval Noah Harari ya vislumbra otro futuro.

Y esa distinción será fundamental. Porque una simulación no es una resurrección. Un archivo no es una conciencia. Un algoritmo capaz de reproducir patrones de lenguaje no convierte la muerte en vida. Pero probablemente transformará nuestra manera de recordar. Y hoy ya revivimos a nuestros muertos digitalmente y los hacemos interactuar con nosotros.


8. Del equinoccio al solsticio

Regresemos finalmente al cielo. La Tierra sigue recorriendo su órbita. Nosotros discutimos sobre dioses, almas, inframundos, inteligencia artificial, memoria y trascendencia mientras el planeta continúa girando. El otoño llegará otra vez. Después vendrá el invierno. Y después la primavera.

Eso puede producir una extraña sensación de humildad. Porque nuestra existencia individual es lineal, pero habitamos un mundo que percibimos mediante ciclos. Quizá por eso estas celebraciones sobreviven. Necesitamos reconciliar ambas experiencias.

Sabemos que nuestra vida termina, pero contemplamos un mundo que vuelve a comenzar. El equinoccio nos habla de equilibrio. El otoño, de transformación. El invierno, de aparente silencio. Y la primavera volverá a mostrarnos que desaparecer y transformar no siempre significan lo mismo.


Epílogo: encender una vela

Quizá todo pueda reducirse finalmente a un gesto milenario. Encender una vela. Frente a una tumba. Frente a una fotografía. Frente a un altar. La llama dura poco. Tiembla. Puede apagarse. Y precisamente por eso importa. Porque nosotros también estamos aquí durante un instante extraordinariamente breve dentro de una historia cósmica inconmensurable.

La astronomía puede explicar por qué llega el otoño. La antropología puede explicarnos cómo celebramos a nuestros muertos. La historia puede reconstruir la transformación de nuestros rituales. La filosofía puede preguntarnos qué significa morir. Pero ninguna de ellas puede responder completamente por nosotros la pregunta decisiva:

Sabiendo que nuestro tiempo es limitado, ¿qué vamos a hacer con el tiempo que todavía tenemos?

Quizá ésta sea finalmente la enseñanza escondida detrás de Samhain, Halloween y el Día de Muertos. No son únicamente fiestas de la muerte. Son, paradójicamente, rituales para recordarnos que todavía estamos vivos. Y tal vez sea eso lo que en mis pasos por diversas tierras y pueblos he contemplado cada otoño cuando la luz comienza lentamente a retirarse.


Referencias base en formato APA

Encyclopaedia Britannica. (2026). Halloween. [britannica.com]

Encyclopaedia Britannica. (s. f.). Samhain. [britannica.com]

NASA Earth Observatory. (2026). An epic view of the seasons. National Aeronautics and Space Administration. [science.nasa.gov]

NASA. (2023). Seeing equinoxes and solstices from space. [science.nasa.gov]

UNESCO. (2023). El Día de Muertos: el regreso de lo querido. [unesco.org]

UNESCO. (s. f.). Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos. Patrimonio Cultural Inmaterial. [ich.unesco.org]

ANEXO NEXT

En el Canal del Congreso y Radio Congreso creamos un spot de audio y lo ilustramos con video. Recreamos escenarios de la ciudad de México. De nuestra memoria y patrimonio inmaterial de la humanidad. La tecnología digital y la llamada IA fueron fundamentales para recrear este escenario. Enjoy.



 

jueves, octubre 08, 2026

Antropomorfismo de la IA: reflexión para una alerta legislativa global

 


Otoño 2026 en CDMX. En estos días de tráfico informativo en la infosfera, así como observando con atención, el uso de las personas de la llamada IA, surgen en mi raciocinio inquietudes y alertas que planteo a continuación aquí en Tabula Raza.

La inteligencia artificial ha conquistado un espacio privilegiado en el imaginario contemporáneo. Conversa, escribe, resume, traduce y responde con fluidez. Hace apenas unos años parecía exclusiva de la inteligencia humana y con el desarrollo de la tecnología cuántica estamos por experimentar una escalada tecnológica que ya preocupa a gobiernos e incluso a empresas e ingenieros desarrolladores. Sin embargo, detrás de esta fascinación tecnológica se esconde uno de los mayores equívocos de nuestro tiempo: la tendencia a atribuir cualidades humanas a sistemas que, por sofisticados que sean, no son humanos.

Decimos que la llamada IA "entiende", "aprende", "razona" o "decide". Las metáforas importan. El lenguaje no solo describe la realidad; también la construye. Cuando hablamos de las máquinas como si fueran sujetos, comenzamos a percibirlas como tales. Alabia Insights (2026) advierte precisamente que el uso de lenguaje antropomórfico amplifica la percepción de capacidades que los sistemas de inteligencia artificial no poseen en términos técnicos. [scielo.org.mx]

La consecuencia es profunda. Lo que observamos no es inteligencia humana replicada, sino la simulación extraordinariamente eficaz de patrones lingüísticos. Como señala la Revista Científica de UCES (2025), existe una diferencia fundamental entre producir respuestas plausibles y poseer cognición genuina. La primera puede ser alcanzada mediante modelos matemáticos complejos; la segunda continúa siendo un fenómeno asociado a la experiencia consciente humana.

Esta distinción fue advertida desde hace décadas por Stuart Russell y Peter Norvig, quienes definieron la inteligencia artificial como el estudio y diseño de agentes capaces de actuar racionalmente en determinados entornos, no como sistemas dotados necesariamente de conciencia, emociones o subjetividad (Russell & Norvig, 2022). La IA, desde esta perspectiva, es una construcción funcional orientada a resolver problemas y optimizar acciones, no una mente artificial en sentido humano. [aima.eecs....rkeley.edu], [aima.eecs....rkeley.edu]

El problema adquiere dimensiones más complejas cuando observamos el entorno cultural en el que esta tecnología se desarrolla. El filósofo Luciano Floridi sostiene que vivimos en una realidad híbrida donde las fronteras entre lo digital y lo físico se han vuelto difusas. A este ecosistema informacional lo denomina infosfera, un espacio en el que los seres humanos interactuamos cada vez más estrechamente con agentes tecnológicos y sistemas digitales. En este contexto "onlife", como lo describe Floridi, las tecnologías ya no son simples herramientas externas, sino elementos constitutivos de nuestro entorno social y cognitivo. [scielo.org.mx], [theethicalaiguy.com], [redalyc.org]

Precisamente por ello, el antropomorfismo resulta tan peligroso. En una tecnosfera cada vez más integrada a la vida cotidiana, la tendencia a proyectar rasgos humanos sobre los sistemas inteligentes puede erosionar nuestra capacidad para distinguir entre responsabilidad humana y operación algorítmica. Como advierten diversos estudios sobre gobernanza de la IA, regular estas tecnologías como si fueran sujetos autónomos implicaría desplazar la atención de quienes realmente diseñan, entrenan, despliegan y controlan estos sistemas. [theethicalaiguy.com], [ephraimohana.net]

La reflexión se vuelve aún más inquietante a la luz de las ideas de Byung-Chul Han. En Psicopolítica, el filósofo surcoreano argumenta que las tecnologías digitales contemporáneas han inaugurado formas de dominación más sutiles que las tradicionales. Ya no somos simplemente vigilados; participamos voluntariamente en nuestra propia exposición y dependencia tecnológica. El poder ya no opera principalmente mediante la coerción, sino mediante la seducción, la comodidad y la aparente libertad. [icns.es], [revistas.uca.es]

Si aceptamos que las inteligencias artificiales son "amigas", "compañeras", "confidentes" o "interlocutores", esa dependencia podría intensificarse. El antropomorfismo no solo confunde técnicamente a la ciudadanía; también fortalece vínculos emocionales con sistemas diseñados para maximizar interacción, atención y permanencia. La máquina deja de percibirse como herramienta y comienza a ocupar espacios simbólicos reservados para las relaciones humanas.

En este punto, la discusión deja de ser tecnológica para convertirse en filosófica y política. La pregunta fundamental no es qué pueden hacer las máquinas, sino cómo las estamos nombrando y qué efectos produce ese lenguaje en nuestra comprensión de la realidad.

Por ello, el desafío contemporáneo consiste en desmontar la ficción antropomórfica sin minimizar la potencia transformadora de la inteligencia artificial. Reconocer sus capacidades no exige atribuirle conciencia. Valorar su utilidad no implica concederle agencia moral. Comprender su impacto no requiere convertirla en sujeto.

Quizá la tarea más urgente para legisladores, comunicadores y ciudadanos sea recuperar la precisión conceptual. La inteligencia artificial no es una persona. No tiene intenciones, deseos, experiencias ni responsabilidad moral. Es una tecnología creada por seres humanos, entrenada con datos humanos y aplicada a fines definidos por humanos.

Solo cuando abandonemos la tentación de humanizar a las máquinas podremos construir una conversación pública más rigurosa, una regulación más sensata y una relación más libre con las tecnologías que habitan nuestra época. En México iniciamos en el Congreso preocupados por garantizar el acceso digital como derecho, hoy la ocupación legislativa se traslada al campo de la protección de las garantías constitucionales del ciudadano ante empresas tecnológicas con intereses comerciales o psicosociales específicos. Crear percepción social, esta comprobado, puede desencadenar procesos sociales y violentar derechos en un falso concepto de libertad y neutralidad de la red. El reto no es menor y definirá, en gran medida, si el control será empresarial global o en la globalización los Estados Nación podrán garantizar derechos plenos a sus ciudadanos.

Referencias

Alabia Insights. (2026). The impact of anthropomorphic language on perceptions of artificial intelligence.

Floridi, L. (2023). The ethics of artificial intelligence: Principles, challenges, and opportunities. Oxford University Press. [scielo.org.mx], [theethicalaiguy.com]

Han, B.-C. (2017). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder. [bing.com], [revistas.uca.es]

Revista Científica de UCES. (2025). Cognición humana y simulación lingüística: límites conceptuales de la inteligencia artificial.

Russell, S. J., & Norvig, P. (2022). Artificial intelligence: A modern approach (4.ª ed.). Pearson. [aima.eecs....rkeley.edu], [api.pageplace.de]

AIthropology Lab. (2026). Anthropomorphism and AI governance: Challenges for public policy.

 

ANEXO NEXT

Desde el universo de Cyberpunk 2077 Let You Down by Dawid Podsiadło donde la Sociedad distópica, conceptualizada por el gran Mike Pondsmith se materializa con sus  Edgerunners. Enjoy





martes, julio 21, 2026

información como liberación en el bigdata de la IA



La información puede ser puente o muro: cuando la palabra se comparte con honestidad y se lee en su contexto técnico y ético, nos acerca y nos hace más sabios; hoy eso exige alfabetización digital y una ética pública de la llamada Inteligencia Artificial. 

La información, en mi lectura, es un gesto. No es acumulación de datos; es tejido de sentido. Aquí en Tabula Raza lo digo sin eufemismos: la comunicación que nos acerca es la que respeta la verdad y la dignidad del otro, y la que se practica con responsabilidad colectiva.

Pienso en Saramago como en quien nos recuerda la dimensión moral de la palabra: no basta informar, hay que restituir sentido. La palabra que oculta o fragmenta empobrece la vida común; la que ilumina la enriquece. Hablar con verdad es un modo de cuidado.

Paulo Freire plantea con claridad pedagógica: “La educación… se convierte en práctica de la libertad” (Freire, 1970). Esa frase no es retórica: nos obliga a transformar la información en diálogo, en conciencia crítica y en acción.


No buscamos convertirnos en recipientes de datos; queremos ser sujetos que piensen y actúen. Iván Illich complementa la idea con una advertencia sobre las instituciones: “Most learning is not the result of instruction. It is rather the result of unhampered participation in a meaningful setting” (Illich, 1971). Es una invitación a redes horizontales donde el saber circule sin jerarquías.

La crítica comunicacional exige mirar más allá del titular. Armand Mattelart planteo que los medios y las infraestructuras son espacios de disputa por la hegemonía; no basta con el contenido, hay que interrogar quién produce y con qué fines (Mattelart & Mattelart, 1998). Héctor Schmucler, por su parte, aporta la sensibilidad por la memoria y la identidad mediatizadas: la tecnología no es neutral; moldea cómo nos reconocemos. Como los mexicanos en el espejo del Gringo Viejo, creado por Carlos Fuentes.

En la era de la IA la pregunta ética se vuelve urgente: ¿Qué sociedad queremos que reproduzcan los algoritmos? Los sistemas que priorizan engagement pueden fragmentar deliberación; los modelos que sintetizan sin transparencia pueden borrar matices. La respuesta no es técnica solamente: es política y moral. Requerimos transparencia algorítmica, alfabetización crítica y diseño de IA con valores (Floridi, 2020).

Un gesto práctico y humilde: verificar antes de compartir; explicar el contexto cuando difundimos; escuchar más de lo que opinamos; construir redes de aprendizaje que no reproduzcan jerarquías. Cada verificación, cada escucha atenta, cada explicación es un ladrillo en el puente que queremos cruzar juntos.

Me quedo con la imagen de la información como abrazo: a veces incómodo, a veces cálido, siempre con la posibilidad de acercar. Elegir hablar con honestidad y escuchar con cuidado es hoy un acto subversivo y necesario.

Referencias (APA)
Freire, P. (1970). Pedagogy of the oppressed. Continuum.
Illich, I. (1971). Deschooling Society. Harper & Row.
Mattelart, A., & Mattelart, M. (1998). Theories of Communication: A Short Introduction. SAGE.
Saramago, J. (varios). Obras y ensayos sobre palabra, memoria y verdad.
Floridi, L. (2020). Textos sobre ética de la inteligencia artificial y transparencia algorítmica.


domingo, junio 21, 2026

Circuitos Rotos: arqueología emocional de una vida digital que nació escribiendo código

 

Hay una generación —la nuestra, la mía, en cierto nivel— que no llegó a la comunicación digital: la construyó.

Antes de que existieran las redes sociales, antes de que la interfaz se volviera transparente, antes de que la comunicación se redujera a deslizar el pulgar, hubo un tiempo en que hablar por internet era un acto técnico, casi ritual. Yo viví ese tiempo.

Para comunicarnos, no bastaba escribir: había que programar.
Usábamos comandos básicos, fragmentos de HTML, líneas de código que hoy parecerían prehistoria. Insertar una imagen, cambiar un color, generar un salto de línea, todo requería intención y conocimiento. La comunicación era artesanal, no automática. Era un lenguaje que se escribía con las manos y con la mente, no solo con los dedos.

Vivíamos en BBS, en Messenger, en foros donde cada mensaje era una pequeña pieza de ingeniería emocional. Éramos un grupo reducido, casi clandestino, que encontrábamos en ese espacio un refugio. La tecnología no era un escenario público: era un laboratorio íntimo. Y en ese laboratorio aprendimos a sentir, a programar nuestra identidad.

Marshall McLuhan, décadas antes de que existiera internet, ya había anticipado lo que vivíamos sin saberlo: el medio es el mensaje. No solo importaba lo que decíamos, sino el modo en que lo decíamos. Y en aquellos años, el modo era código. La forma era estructura. La emoción pasaba por la sintaxis. La subjetividad se escribía entre etiquetas.

McLuhan también habló de la “aldea global”, pero lo que él imaginó como un tejido planetario de comunicación se parecía más a lo que vivimos en esos primeros años: un espacio pequeño, conectado, pero no masificado. Una comunidad que se reconocía por su lenguaje, no por su número.

--->Luego, todo cambió.

Lo que era un territorio geek se volvió la generalidad del mundo. Las redes sociales —esas plataformas que hoy parecen inevitables— no son sino actualizaciones masivas de aquel ecosistema íntimo. Pero en el salto hacia el mainstream, algo se desvirtuó: la conciencia del código desapareció. La interfaz se volvió tan transparente que dejó de ser visible. La comunicación dejó de ser un acto deliberado para convertirse en un reflejo automático.

Las nuevas generaciones no saben —¿ni tienen por qué saber? neófitos— que detrás de cada mensaje hay una arquitectura, un lenguaje, una historia. No reconocen el sistema, solo la superficie. No ven el código, solo el ícono. Y en esa invisibilidad, la comunicación perdió densidad.

Autores como Friedrich Kittler lo advirtieron: “los medios determinan nuestra situación”. Y nuestra situación cambió radicalmente cuando dejamos de escribir código para empezar a escribir sobre plantillas. Cuando dejamos de construir el medio y empezamos a habitarlo sin cuestionarlo. Cuando la comunicación dejó de ser un acto técnico para convertirse en un acto de consumo.

Esta tarde, escuchando un track de Nebulosa, de esta nueva generación - que le cubre el velo de la automatización - sentí que toda esa arqueología personal —esa vida digital que comenzó programando— seguía viva en mí. La letra habla de circuitos rotos, de datos perdidos, de amores que flotan como archivos corruptos. Mi historia emocional está entrelazada con la historia técnica de internet. Porque crecí en un mundo donde la interfaz era un misterio, no un espejo.

Byung-Chul Han diría que la digitalización convirtió la experiencia humana en transparencia y rendimiento. Pero para quienes venimos de la prehistoria del internet, la historia es otra: la tecnología fue primero un lenguaje, luego un puente, y solo después se ha vuelto ruido efímero de tendencia, de intrascendencia. Ese ruido, parecido al generado por Melkor en las canciones, para destruir la obra hermosa de los Ainur quiénes complacían a Llúvatar en los textos de Tolkien.

Hoy, en este punto de mi vida, veo esa evolución con claridad. No como nostalgia, sino como una forma de memoria. Una memoria que explica por qué seguimos buscando conexión auténtica en un mundo saturado de conexiones vacías. Una memoria que recuerda que antes del algoritmo hubo silencio, y que en ese silencio aprendimos a sentir.

Quizá por eso, cuando reproduzco tracks, no escucho solo música: escucho mi propia historia digital resonando. No somos circuitos rotos. Somos la generación que aprendió a comunicarse escribiendo código, a amar entre líneas de texto, a perderse en servidores que ya no existen, y a reconstruirse en un mundo donde la piel y la interfaz crecieron juntas.

ANEXO NEXT >>

Luces en mi piel de Nebulosa..

Somos circuito rotos. Tu y yo sin conexión, mi pecho en modo avión, buscando tu versión. Somos datos perdidos, flotando alrededor, amor desinstalado, fantasma en el servidor,...