jueves, octubre 08, 2026

Antropomorfismo de la IA: reflexión para una alerta legislativa global

 


Otoño 2026 en CDMX. En estos días de tráfico informativo en la infosfera, así como observando con atención, el uso de las personas de la llamada IA, surgen en mi raciocinio inquietudes y alertas que planteo a continuación aquí en Tabula Raza.

La inteligencia artificial ha conquistado un espacio privilegiado en el imaginario contemporáneo. Conversa, escribe, resume, traduce y responde con fluidez. Hace apenas unos años parecía exclusiva de la inteligencia humana y con el desarrollo de la tecnología cuántica estamos por experimentar una escalada tecnológica que ya preocupa a gobiernos e incluso a empresas e ingenieros desarrolladores,. Sin embargo, detrás de esta fascinación tecnológica se esconde uno de los mayores equívocos de nuestro tiempo: la tendencia a atribuir cualidades humanas a sistemas que, por sofisticados que sean, no son humanos.

Decimos que la llamada IA "entiende", "aprende", "razona" o "decide". Las metáforas importan. El lenguaje no solo describe la realidad; también la construye. Cuando hablamos de las máquinas como si fueran sujetos, comenzamos a percibirlas como tales. Alabia Insights (2026) advierte precisamente que el uso de lenguaje antropomórfico amplifica la percepción de capacidades que los sistemas de inteligencia artificial no poseen en términos técnicos. [scielo.org.mx]

La consecuencia es profunda. Lo que observamos no es inteligencia humana replicada, sino la simulación extraordinariamente eficaz de patrones lingüísticos. Como señala la Revista Científica de UCES (2025), existe una diferencia fundamental entre producir respuestas plausibles y poseer cognición genuina. La primera puede ser alcanzada mediante modelos matemáticos complejos; la segunda continúa siendo un fenómeno asociado a la experiencia consciente humana.

Esta distinción fue advertida desde hace décadas por Stuart Russell y Peter Norvig, quienes definieron la inteligencia artificial como el estudio y diseño de agentes capaces de actuar racionalmente en determinados entornos, no como sistemas dotados necesariamente de conciencia, emociones o subjetividad (Russell & Norvig, 2022). La IA, desde esta perspectiva, es una construcción funcional orientada a resolver problemas y optimizar acciones, no una mente artificial en sentido humano. [aima.eecs....rkeley.edu], [aima.eecs....rkeley.edu]

El problema adquiere dimensiones más complejas cuando observamos el entorno cultural en el que esta tecnología se desarrolla. El filósofo Luciano Floridi sostiene que vivimos en una realidad híbrida donde las fronteras entre lo digital y lo físico se han vuelto difusas. A este ecosistema informacional lo denomina infosfera, un espacio en el que los seres humanos interactuamos cada vez más estrechamente con agentes tecnológicos y sistemas digitales. En este contexto "onlife", como lo describe Floridi, las tecnologías ya no son simples herramientas externas, sino elementos constitutivos de nuestro entorno social y cognitivo. [scielo.org.mx], [theethicalaiguy.com], [redalyc.org]

Precisamente por ello, el antropomorfismo resulta tan peligroso. En una tecnosfera cada vez más integrada a la vida cotidiana, la tendencia a proyectar rasgos humanos sobre los sistemas inteligentes puede erosionar nuestra capacidad para distinguir entre responsabilidad humana y operación algorítmica. Como advierten diversos estudios sobre gobernanza de la IA, regular estas tecnologías como si fueran sujetos autónomos implicaría desplazar la atención de quienes realmente diseñan, entrenan, despliegan y controlan estos sistemas. [theethicalaiguy.com], [ephraimohana.net]

La reflexión se vuelve aún más inquietante a la luz de las ideas de Byung-Chul Han. En Psicopolítica, el filósofo surcoreano argumenta que las tecnologías digitales contemporáneas han inaugurado formas de dominación más sutiles que las tradicionales. Ya no somos simplemente vigilados; participamos voluntariamente en nuestra propia exposición y dependencia tecnológica. El poder ya no opera principalmente mediante la coerción, sino mediante la seducción, la comodidad y la aparente libertad. [icns.es], [revistas.uca.es]

Si aceptamos que las inteligencias artificiales son "amigas", "compañeras", "confidentes" o "interlocutores", esa dependencia podría intensificarse. El antropomorfismo no solo confunde técnicamente a la ciudadanía; también fortalece vínculos emocionales con sistemas diseñados para maximizar interacción, atención y permanencia. La máquina deja de percibirse como herramienta y comienza a ocupar espacios simbólicos reservados para las relaciones humanas.

En este punto, la discusión deja de ser tecnológica para convertirse en filosófica y política. La pregunta fundamental no es qué pueden hacer las máquinas, sino cómo las estamos nombrando y qué efectos produce ese lenguaje en nuestra comprensión de la realidad.

Por ello, el desafío contemporáneo consiste en desmontar la ficción antropomórfica sin minimizar la potencia transformadora de la inteligencia artificial. Reconocer sus capacidades no exige atribuirle conciencia. Valorar su utilidad no implica concederle agencia moral. Comprender su impacto no requiere convertirla en sujeto.

Quizá la tarea más urgente para legisladores, comunicadores y ciudadanos sea recuperar la precisión conceptual. La inteligencia artificial no es una persona. No tiene intenciones, deseos, experiencias ni responsabilidad moral. Es una tecnología creada por seres humanos, entrenada con datos humanos y aplicada a fines definidos por humanos.

Solo cuando abandonemos la tentación de humanizar a las máquinas podremos construir una conversación pública más rigurosa, una regulación más sensata y una relación más libre con las tecnologías que habitan nuestra época. En México iniciamos en el Congreso preocupados por garantizar el acceso digital como derecho, hoy la ocupación legislativa se traslada al campo de la protección de las garantías constitucionales del ciudadano ante empresas tecnológicas con intereses comerciales o psicosociales específicos. Crear percepción social, esta comprobado, puede desencadenar procesos sociales y violentar derechos en un falso concepto de libertad y neutralidad de la red. El reto no es menor y definirá, en gran medida, si el control será empresarial global o en la globalización los Estados Nación podrán garantizar derechos plenos a sus ciudadanos.

Referencias

Alabia Insights. (2026). The impact of anthropomorphic language on perceptions of artificial intelligence.

Floridi, L. (2023). The ethics of artificial intelligence: Principles, challenges, and opportunities. Oxford University Press. [scielo.org.mx], [theethicalaiguy.com]

Han, B.-C. (2017). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder. [bing.com], [revistas.uca.es]

Revista Científica de UCES. (2025). Cognición humana y simulación lingüística: límites conceptuales de la inteligencia artificial.

Russell, S. J., & Norvig, P. (2022). Artificial intelligence: A modern approach (4.ª ed.). Pearson. [aima.eecs....rkeley.edu], [api.pageplace.de]

AIthropology Lab. (2026). Anthropomorphism and AI governance: Challenges for public policy.

 

ANEXO NEXT

Desde el universo de Cyberpunk 2077 Let You Down by Dawid Podsiadło donde la Sociedad distópica, conceptualizada por el gran Mike Pondsmith se materializa con sus  Edgerunners. Enjoy



martes, julio 21, 2026

información como liberación en el bigdata de la IA



La información puede ser puente o muro: cuando la palabra se comparte con honestidad y se lee en su contexto técnico y ético, nos acerca y nos hace más sabios; hoy eso exige alfabetización digital y una ética pública de la llamada Inteligencia Artificial. 

La información, en mi lectura, es un gesto. No es acumulación de datos; es tejido de sentido. Aquí en Tabula Raza lo digo sin eufemismos: la comunicación que nos acerca es la que respeta la verdad y la dignidad del otro, y la que se practica con responsabilidad colectiva.

Pienso en Saramago como en quien nos recuerda la dimensión moral de la palabra: no basta informar, hay que restituir sentido. La palabra que oculta o fragmenta empobrece la vida común; la que ilumina la enriquece. Hablar con verdad es un modo de cuidado.

Paulo Freire plantea con claridad pedagógica: “La educación… se convierte en práctica de la libertad” (Freire, 1970). Esa frase no es retórica: nos obliga a transformar la información en diálogo, en conciencia crítica y en acción.


No buscamos convertirnos en recipientes de datos; queremos ser sujetos que piensen y actúen. Iván Illich complementa la idea con una advertencia sobre las instituciones: “Most learning is not the result of instruction. It is rather the result of unhampered participation in a meaningful setting” (Illich, 1971). Es una invitación a redes horizontales donde el saber circule sin jerarquías.

La crítica comunicacional exige mirar más allá del titular. Armand Mattelart planteo que los medios y las infraestructuras son espacios de disputa por la hegemonía; no basta con el contenido, hay que interrogar quién produce y con qué fines (Mattelart & Mattelart, 1998). Héctor Schmucler, por su parte, aporta la sensibilidad por la memoria y la identidad mediatizadas: la tecnología no es neutral; moldea cómo nos reconocemos. Como los mexicanos en el espejo del Gringo Viejo, creado por Carlos Fuentes.

En la era de la IA la pregunta ética se vuelve urgente: ¿Qué sociedad queremos que reproduzcan los algoritmos? Los sistemas que priorizan engagement pueden fragmentar deliberación; los modelos que sintetizan sin transparencia pueden borrar matices. La respuesta no es técnica solamente: es política y moral. Requerimos transparencia algorítmica, alfabetización crítica y diseño de IA con valores (Floridi, 2020).

Un gesto práctico y humilde: verificar antes de compartir; explicar el contexto cuando difundimos; escuchar más de lo que opinamos; construir redes de aprendizaje que no reproduzcan jerarquías. Cada verificación, cada escucha atenta, cada explicación es un ladrillo en el puente que queremos cruzar juntos.

Me quedo con la imagen de la información como abrazo: a veces incómodo, a veces cálido, siempre con la posibilidad de acercar. Elegir hablar con honestidad y escuchar con cuidado es hoy un acto subversivo y necesario.

Referencias (APA)
Freire, P. (1970). Pedagogy of the oppressed. Continuum.
Illich, I. (1971). Deschooling Society. Harper & Row.
Mattelart, A., & Mattelart, M. (1998). Theories of Communication: A Short Introduction. SAGE.
Saramago, J. (varios). Obras y ensayos sobre palabra, memoria y verdad.
Floridi, L. (2020). Textos sobre ética de la inteligencia artificial y transparencia algorítmica.


domingo, junio 21, 2026

Circuitos Rotos: arqueología emocional de una vida digital que nació escribiendo código

 

Hay una generación —la nuestra, la mía, en cierto nivel— que no llegó a la comunicación digital: la construyó.

Antes de que existieran las redes sociales, antes de que la interfaz se volviera transparente, antes de que la comunicación se redujera a deslizar el pulgar, hubo un tiempo en que hablar por internet era un acto técnico, casi ritual. Yo viví ese tiempo.

Para comunicarnos, no bastaba escribir: había que programar.
Usábamos comandos básicos, fragmentos de HTML, líneas de código que hoy parecerían prehistoria. Insertar una imagen, cambiar un color, generar un salto de línea, todo requería intención y conocimiento. La comunicación era artesanal, no automática. Era un lenguaje que se escribía con las manos y con la mente, no solo con los dedos.

Vivíamos en BBS, en Messenger, en foros donde cada mensaje era una pequeña pieza de ingeniería emocional. Éramos un grupo reducido, casi clandestino, que encontrábamos en ese espacio un refugio. La tecnología no era un escenario público: era un laboratorio íntimo. Y en ese laboratorio aprendimos a sentir, a programar nuestra identidad.

Marshall McLuhan, décadas antes de que existiera internet, ya había anticipado lo que vivíamos sin saberlo: el medio es el mensaje. No solo importaba lo que decíamos, sino el modo en que lo decíamos. Y en aquellos años, el modo era código. La forma era estructura. La emoción pasaba por la sintaxis. La subjetividad se escribía entre etiquetas.

McLuhan también habló de la “aldea global”, pero lo que él imaginó como un tejido planetario de comunicación se parecía más a lo que vivimos en esos primeros años: un espacio pequeño, conectado, pero no masificado. Una comunidad que se reconocía por su lenguaje, no por su número.

--->Luego, todo cambió.

Lo que era un territorio geek se volvió la generalidad del mundo. Las redes sociales —esas plataformas que hoy parecen inevitables— no son sino actualizaciones masivas de aquel ecosistema íntimo. Pero en el salto hacia el mainstream, algo se desvirtuó: la conciencia del código desapareció. La interfaz se volvió tan transparente que dejó de ser visible. La comunicación dejó de ser un acto deliberado para convertirse en un reflejo automático.

Las nuevas generaciones no saben —¿ni tienen por qué saber? neófitos— que detrás de cada mensaje hay una arquitectura, un lenguaje, una historia. No reconocen el sistema, solo la superficie. No ven el código, solo el ícono. Y en esa invisibilidad, la comunicación perdió densidad.

Autores como Friedrich Kittler lo advirtieron: “los medios determinan nuestra situación”. Y nuestra situación cambió radicalmente cuando dejamos de escribir código para empezar a escribir sobre plantillas. Cuando dejamos de construir el medio y empezamos a habitarlo sin cuestionarlo. Cuando la comunicación dejó de ser un acto técnico para convertirse en un acto de consumo.

Esta tarde, escuchando un track de Nebulosa, de esta nueva generación - que le cubre el velo de la automatización - sentí que toda esa arqueología personal —esa vida digital que comenzó programando— seguía viva en mí. La letra habla de circuitos rotos, de datos perdidos, de amores que flotan como archivos corruptos. Mi historia emocional está entrelazada con la historia técnica de internet. Porque crecí en un mundo donde la interfaz era un misterio, no un espejo.

Byung-Chul Han diría que la digitalización convirtió la experiencia humana en transparencia y rendimiento. Pero para quienes venimos de la prehistoria del internet, la historia es otra: la tecnología fue primero un lenguaje, luego un puente, y solo después se ha vuelto ruido efímero de tendencia, de intrascendencia. Ese ruido, parecido al generado por Melkor en las canciones, para destruir la obra hermosa de los Ainur quiénes complacían a Llúvatar en los textos de Tolkien.

Hoy, en este punto de mi vida, veo esa evolución con claridad. No como nostalgia, sino como una forma de memoria. Una memoria que explica por qué seguimos buscando conexión auténtica en un mundo saturado de conexiones vacías. Una memoria que recuerda que antes del algoritmo hubo silencio, y que en ese silencio aprendimos a sentir.

Quizá por eso, cuando reproduzco tracks, no escucho solo música: escucho mi propia historia digital resonando. No somos circuitos rotos. Somos la generación que aprendió a comunicarse escribiendo código, a amar entre líneas de texto, a perderse en servidores que ya no existen, y a reconstruirse en un mundo donde la piel y la interfaz crecieron juntas.

ANEXO NEXT >>

Luces en mi piel de Nebulosa..

Somos circuito rotos. Tu y yo sin conexión, mi pecho en modo avión, buscando tu versión. Somos datos perdidos, flotando alrededor, amor desinstalado, fantasma en el servidor,...



domingo, mayo 31, 2026

La contemplación como forma de resistencia


Ha concluido en el Congreso Federal periodo extraordinario de sesiones. En el segundo receso del segundo año de ejercicio de la LXVI legislatura. Fue una batalla parlamentaria intensa, sobre todo en el Pleno de San Lázaro. El Poder Judicial y las elecciones el epicentro de la vorágine que despertó las pasiones, a veces irracionales, en el debate parlamentario mexicano. 

Es momento de desconexión parlamentaria, para ingresar algunos bites de texto contemplativo en este blog. La vida contemplativa no es una ostentación. Es una forma de recuperar el centro cuando todo lo demás lo acelera. 

Byung Chul Han recuerda que “la contemplación es una forma de atención profunda que no busca dominar el objeto, sino dejarse tocar por él”. En un tiempo saturado de estímulos, mirar una flor sin pedirle nada es casi un acto de desobediencia suave. 

Alain de Botton, desde otra sensibilidad, afirma que la contemplación es “un entrenamiento para ver lo que siempre estuvo ahí, pero que la prisa vuelve invisible”. Ambas plumas reflexivas coinciden: la lentitud no es pasividad, sino lucidez. La contemplación no es evasión. Es una forma de volver a la esencia, al cuerpo metafísico, al tiempo, a la pacha mama, al encuentro del gran espíritu. 

Peter Sloterdijk habla de “prácticas de interioridad” como ejercicios que permiten habitar la existencia sin ser arrastrados por ella. Han insiste en que solo en la pausa emerge lo verdaderamente humano: “la vida contemplativa abre un espacio donde el ser puede resonar”. 

En el Ramayana, cuando Rama atraviesa momentos de duda y desorientación, el sabio Vashistha le recuerda que la verdadera fortaleza no proviene de la acción exterior, sino del recogimiento interior. En uno de sus pasajes más contemplativos se dice: “La mente que se vuelve hacia adentro encuentra la morada donde no hay temor.” Esta enseñanza milenaria hindi, traza una tenue pero firme línea —breve, luminosa— condensa la enseñanza: la contemplación no es huida, es retorno. 

La contemplación no es mirar hacia adentro. Es mirar de otra manera. Es permitir que, las flores que embellecen y perfuman mi espacio, un girasol, un lirio, una nota suspendida o una frase filosófica nos devuelvan a ese lugar donde la vida deja de ser una diligencia que debemos cumplir, tratemos de observarla y percibirla como nuestro ser etéreo que en el mundo material nos otorga presencia, existencia, vida. 

ANEXO NEXT>> Hoy en este post, la electrónica melódica contemporánea de Nils Frahm emerge de la contemplación. Pianos respirados, texturas analógicas y silencios que se abren como habitaciones,  Frahm nos invita a habitar el tiempo sin violencia. Sin tratar de ubicarnos en el mundo semiótico, observemos como Frahm compone como quien escucha el mundo desde adentro: no para llenar el espacio, sino para afinarlo.