La contemplación como constante, no como pausa
Caminaba esta mañana, procuro hacerlo al amanecer, cuando el bullicio del despertar urbano me envuelve y la naturaleza resiste con los cantos de los pájaros y el correr de las ardillas y el aroma de los arboles. La frase clásica —vita contemplativa simpliciter melior est quam activa— suele interpretarse como una oposición entre dos modos de vida: hacer o contemplar. Sin embargo, leída desde la experiencia contemporánea, no propone una renuncia al hacer, sino una reivindicación del tiempo cualitativo. La vida contemplativa no es ocio pasivo ni retiro improductivo, sino una praxis de duración: un modo de habitar el tiempo que no se deja devorar por la urgencia productiva.
Contemplar no es detenerse; es habitar, es percibirnos desde otra dimensión empírica de nosotr@s mism@s.
Cuando contemplamos, no suspendemos el tiempo: lo transformamos. Byung-Chul Han explica que la sociedad contemporánea ha sustituido la duración por la aceleración, y la experiencia por el rendimiento. En ese contexto, la contemplación introduce una temporalidad distinta: un tiempo que no se consume, sino que ensancha el alma. Un tiempo que no se agota en la utilidad.
En un mundo que exige velocidad constante, contemplar se vuelve un acto político de resistencia silencioso. No es huida ni negación del trabajo, sino reapropiación del ritmo. Contemplar es decidir cómo mirar, cómo pensar, cómo existir, sin someter cada gesto a la lógica de la eficiencia.
Han describe nuestra época como una era de autoexplotación voluntaria, donde el sujeto se convierte en su propio vigilante. Frente a ello, la contemplación no confronta ni denuncia: desacelera. Introduce una grieta en el flujo continuo de la productividad, por donde entra otro tipo de sentido.
La contemplación no es solo mirar: es ver.
Yuval Noah Harari ha advertido que uno de los grandes desafíos del siglo XXI no es la falta de información, sino su exceso. En un entorno saturado de datos, la atención se vuelve el recurso más escaso. Contemplar, entonces, es un acto de soberanía interior: elegir dónde posar la mirada, qué merece tiempo, qué merece silencio.
La caminata al amanecer puede ser el hilo narrativo de esta experiencia. Ese momento en que la ciudad aún no despierta del todo, cuando el tiempo parece más lento, más propio. En ese umbral aparece la frase latina de Santo Tomas de Aquino como una epifanía: un recordatorio de que la vida no solo se ejecuta, también se contempla.
Harari ha insistido en la necesidad de cultivar prácticas de atención —como la meditación— para no quedar a merced de los algoritmos y las inercias del sistema. La caminata sin rumbo fijo, en ese sentido, no es una postal ni una nostalgia: es una técnica mínima del alma. Caminar, mirar, dejar que una frase emerja sin forzarla.
Cada día ofrece la posibilidad de habitar el tiempo, de existir, de otra manera, aunque sea por unos minutos. Es un Reboot analógico de nuestra existencia. Reinventarnos cada mañana para existir y seguir la senda.
Aristóteles. (2002). Ética a Nicómaco (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Obra original escrita ca. siglo IV a. C.).
Han, B.-C. (2015). La sociedad del cansancio. Herder.
Harari, Y. N. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Debate.
ANEXO N3XT>>
“Says” es un track que no se despliega: se revela lentamente. No empieza realmente; emerge. Desde el primer segundo, Nils Frahm instala un pulso grave, casi subterráneo, que funciona como un latido continuo. Esta pieza es un acompañamiento de la contemplación: no impone ritmo, no exige atención fragmentada, no distrae. Invita a permanecer.


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