Caminar hacia Cuicuilco es ingresar a un espacio que no solo conserva piedras antiguas, sino una energía de autoexploración. Rodeado por edificios modernos, vialidades y el pulso acelerado de la ciudad, este oasis arqueológico coexiste como una grieta en el tiempo. Ahí, la modernidad se detiene un instante y permite escuchar algo más profundo: una herencia espiritual milenaria que, aunque sepultada, sigue latiendo bajo la superficie.
El contraste es inevitable. A un lado, el vidrio, el concreto y la lógica productiva; al otro, la pirámide circular, silenciosa, recordándonos que hubo formas de habitar el mundo menos ansiosas y más integradas al ritmo natural. En ese choque de paisajes reconocí mi propia vida: una existencia atravesada por la modernidad, pero sostenida por una búsqueda interior que se resiste a quedar enterrada bajo la superficialidad materialista.
Laozi escribió que “el sabio actúa sin forzar y enseña sin palabras”. En Cuicuilco, esa enseñanza se vuelve tangible. El sitio no impone un discurso; simplemente está. Su presencia invita a fluir, a aceptar los hechos tal como se presentan, sin etiquetarlos de inmediato como “buenos” o “malos”. La lava que cubrió la ciudad no fue una tragedia moral, sino un movimiento natural del mundo. El Tao se manifiesta en esa aceptación serena.
Epicteto, desde el estoicismo, dialoga con esta misma intuición cuando afirma que “no nos afecta lo que sucede, sino cómo lo interpretamos”. Frente a las ruinas, uno comprende que la verdadera libertad no está en controlar el entorno, sino en gobernar la propia mirada. Cuicuilco se convierte así en un centro energético: un espacio donde la mente se aquieta y la vida se observa sin prejuicio.
Estos momentos de peregrinaje son, en el fondo, actos de resistencia. Resistencia frente a la hipermodernidad que Gilles Lipovetsky conceptualiza: un tiempo de exceso, velocidad y consumo que diluye el sentido. Detenerse, caminar, contemplar y reflexionar es una forma de oponerse al vértigo. Es afirmar que, incluso en medio del ruido, aún podemos fluir con conciencia.
Cuicuilco no es solo un vestigio arqueológico; es un recordatorio de que la espiritualidad no desaparece, solo espera ser redescubierta. Y que, a veces, resistir es tan simple —y tan profundo— como volver a caminar en silencio.
ANEXO NEXT
Camina despacio, sin presiones, percibe el ambiente. Tiene algo de contemplación silenciosa, de pequeñez asumida sin derrota. Como Cuicuilco rodeado de edificios: no compite, permanece. Con ustedes Bon Iver.- Holocene


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