Hay una generación —la nuestra, la mía, en cierto nivel— que no llegó a la comunicación digital: la construyó.
Antes de que existieran las redes sociales, antes de que la interfaz se volviera transparente, antes de que la comunicación se redujera a deslizar el pulgar, hubo un tiempo en que hablar por internet era un acto técnico, casi ritual. Yo viví ese tiempo.
Vivíamos en BBS, en Messenger, en foros donde cada mensaje era una pequeña pieza de ingeniería emocional. Éramos un grupo reducido, casi clandestino, que encontrábamos en ese espacio un refugio. La tecnología no era un escenario público: era un laboratorio íntimo. Y en ese laboratorio aprendimos a sentir, a programar nuestra identidad.
Marshall McLuhan, décadas antes de que existiera internet, ya había anticipado lo que vivíamos sin saberlo: el medio es el mensaje. No solo importaba lo que decíamos, sino el modo en que lo decíamos. Y en aquellos años, el modo era código. La forma era estructura. La emoción pasaba por la sintaxis. La subjetividad se escribía entre etiquetas.
McLuhan también habló de la “aldea global”, pero lo que él imaginó como un tejido planetario de comunicación se parecía más a lo que vivimos en esos primeros años: un espacio pequeño, conectado, pero no masificado. Una comunidad que se reconocía por su lenguaje, no por su número.
--->Luego, todo cambió.
Las nuevas generaciones no saben —¿ni tienen por qué saber? neófitos— que detrás de cada mensaje hay una arquitectura, un lenguaje, una historia. No reconocen el sistema, solo la superficie. No ven el código, solo el ícono. Y en esa invisibilidad, la comunicación perdió densidad.
Autores como Friedrich Kittler lo advirtieron: “los medios determinan nuestra situación”. Y nuestra situación cambió radicalmente cuando dejamos de escribir código para empezar a escribir sobre plantillas. Cuando dejamos de construir el medio y empezamos a habitarlo sin cuestionarlo. Cuando la comunicación dejó de ser un acto técnico para convertirse en un acto de consumo.
Esta tarde, escuchando un track de Nebulosa, de esta nueva generación - que le cubre el velo de la automatización - sentí que toda esa arqueología personal —esa vida digital que comenzó programando— seguía viva en mí. La letra habla de circuitos rotos, de datos perdidos, de amores que flotan como archivos corruptos. Mi historia emocional está entrelazada con la historia técnica de internet. Porque crecí en un mundo donde la interfaz era un misterio, no un espejo.
Byung-Chul Han diría que la digitalización convirtió la experiencia humana en transparencia y rendimiento. Pero para quienes venimos de la prehistoria del internet, la historia es otra: la tecnología fue primero un lenguaje, luego un puente, y solo después se ha vuelto ruido efímero de tendencia, de intrascendencia. Ese ruido, parecido al generado por Melkor en las canciones, para destruir la obra hermosa de los Ainur quiénes complacían a Llúvatar en los textos de Tolkien.
Hoy, en este punto de mi vida, veo esa evolución con claridad. No como nostalgia, sino como una forma de memoria. Una memoria que explica por qué seguimos buscando conexión auténtica en un mundo saturado de conexiones vacías. Una memoria que recuerda que antes del algoritmo hubo silencio, y que en ese silencio aprendimos a sentir.
Quizá por eso, cuando reproduzco tracks, no escucho solo música: escucho mi propia historia digital resonando. No somos circuitos rotos. Somos la generación que aprendió a comunicarse escribiendo código, a amar entre líneas de texto, a perderse en servidores que ya no existen, y a reconstruirse en un mundo donde la piel y la interfaz crecieron juntas.
ANEXO NEXT >>
Luces en mi piel de Nebulosa..
Somos circuito rotos. Tu y yo sin conexión, mi pecho en modo avión, buscando tu versión. Somos datos perdidos, flotando alrededor, amor desinstalado, fantasma en el servidor,...


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